A medida que se acerca la Navidad, y, especialmente, el Año Nuevo, comienzan a dispararse las alarmas en la opinión pública por la comercialización ilegal y el uso irresponsable de la pirotecnia. Los cohetes agregan una cuota de alegría en las fiestas, pero también de infortunio si no se toman los recaudos necesarios. El empleo negligente de la pirotecnia ha dejado anualmente entre muchas familias un largo listado de accidentes, en los que las quemaduras graves y hasta amputaciones y ceguera, cuando no la muerte, son los más frecuentes, con niños y los adolescentes como principales víctimas.

En estos últimos días se conoció que la dirección de Defensa Civil de la municipalidad capitalina ha puesto en marcha un programa de control de la venta clandestinas de cohetes y ha clausurado uno que otro negocio. Ciertamente, es la época del año en la que se multiplican estas actividades ante la fuerte demanda de compra de cohetes. Cualquier vereda de barrio es utilizada para promover este negocio oportuno y circunstancial; también los espacios públicos y, a veces, algunos domicilios apuradamente acondicionados para la venta. Se sabe, son pocos los negocios organizados y constituidos legalmente para vender productos pirotécnicos en nuestra ciudad y la provincia.

Se trata, en realidad, de una práctica -la venta de pirotecnia en la vía pública- prácticamente prohibida, toda vez que están inhabilitados para desarrollar esta actividad las galerías comerciales, los supermercados, shopping, playas de estacionamiento y plantas bajas de edificios destinados a viviendas. Y la municipalidad ha reiterado que los locales debidamente habilitados deben estar ubicados, como mínimo, a 50 metros de distancia de establecimientos educativos, hospitales, sanatorios, pinturerías y surtidores de combustibles. La difusión de la reglamentación vigente viene siendo acompañada por operativos de controles y supervisión, aunque en el mismo inicio del programa los inspectores han detectado mas de una transgresión, lo que estaría indicando la persistencia de una cultura comercial ilegal y desleal, que -obviamente- puede exponer a vecinos y compradores a riesgos y peligros innecesarios.

Ya a comienzos de este mes, un niño tucumano de seis años, perdió cuatro dedos luego de sufrir un accidente manipulando un petardo. Lo había comprado junto a su hermano, en un barrio ubicado en Manantial Sur.

Las personas dispuestas a exteriorizar las celebraciones con estos explosivos, deberían ser conscientes que no deben adquirir cohetes que no tengan identificación de su procedencia y que carecen de número de registro, como tampoco los de fabricación clandestina, y los que poseen riesgo de explosión en masa, como rompeportones, o los de trayectoria incierta, o los que poseen sustancias prohibidas combinadas en la composición química. Y entre tantas recomendaciones a tener en cuenta, debiera quedar claro que todos estos productos tienen que estar autorizado por el Renar, y tener a mano los datos del fabricante.

Aun cuando en los últimos años pareciera haber habido un descenso en el número de víctimas por quemaduras, resulta oportuno que las autoridades competentes redoblen los procedimientos para combatir esta venta clandestina toda vez que potencia los riesgos de accidentes, y en simultáneo, promover campañas de educación y concientización respecto de la importancia de que las fiestas son un motivo para celebrar en familia y que bien valen la pena disfrutarla con alegría y sin contratiempos.